La Ciudad JudÃa, el lugar más legendario de Praga
La Ciudad JudÃa de Praga —hoy parte integrante de la Ciudad Vieja— es la más atractiva tanto para el extranjero, como para el turista nacional. El duende del lugar —el célebre genius loci—, deja estupefacto a todo visitante. A pesar de la muchedumbre que llena las tortuosas callejuelas, este rincón de la ciudad emana una extrema serenidad, como
si un misterioso poder invencible dominara el comportamiento del turista y amortiguara el tÃpico bullicio y le arrastrara a contemplar en meditación y humildad.
Foto: Museo judio de Praga
La convivencia con el pueblo judÃo atraviesa la historia desde los albores. Los más antiguos poblados judÃos en el territorio de la ciudad mudaron con frecuencia de ubicación. En un momento se situaron al pie del Castillo junto al mercado principesco; más adelante, al pie de Vysehrad, cuando el rey Vratislao trasladó su residencia a este fuerte, en la segunda mitad del siglo XII. También se localizó cerca de la
tradicional ruta comercial junto al rio del Vlatava, donde se sentaron las bases de la que serÃa la Ciudad JudÃa.
La posibilidad de mudar con frecuencia de lugar parece corroborar la idea que los judÃos disfrutaban de derechos idénticos a los de los gentiles, también significa que para ellos valÃan los mismos privilegios, otorgados por el prÃncipe. Desde el primer momento, los
judÃos destacaron en el comercio, mas, debido a sus capacidades y su educación demostraron su valÃa como médicos o funcionarios administrativos. La posición libre de los judÃos en la sociedad medieval cambió despues de la primera Cruzada (1096—1099). Praga no quedó a salvo del odio desencadenado hacia este grupo, se tienen
noticias del gran pogromo, de 1096 en esta ciudad.
A partir de esa fecha, la convivencia de judÃos y checos estuvo marcada por años de reconciliada convivencia y reconocimiento mutuo y, lamentablemente, por años de odio, violencia y brutales persecuciones. A pesar de todos los escollos que tuvo que salvar, el pueblo judÃo supo intervenir de forma notable en el devenir polÃtico, social y cultural
de los checos.
La posición de los judÃos, se deterioró bajo el papa Inocencio III, por decisión del Concilio de Letrán en el año 1215, que prohibÃa a los judÃos la posesión de tierras, dedicarse a la agricultura u otros oficios. Sólo se les autorizaba a prestar dinero a cambio de prenda o
pago de interés — usura por definición. Asimismo se les ordenaba limitar los contactos con cristianos y residir en lugares determinados.
Asà nacieron los guetos. DesposeÃdos de todo derecho, los judÃos se convirtieron en objeto dependiente de los monarcas, pasando a ser siervos y propiedad de los mismos. TenÃan que abonar tributos elevados y, muchas veces, pagos especiales, requeridos por la situación inmediata de las insaciables arcas regias. Bohemia también tuvo algunos monarcas ilustrados y éstos supieron identificar lo que serÃa decisivo para mantener el poder y el orden en el paÃs y el buen funcionamiento del mercado.
Por ese motivo, Premysi Otakar II promulgó, en 1254, una cédula concerniente a la posición jurÃdica de los judÃos en Bohemia. Por ella, los judÃos eran declarados siervos directos del monarca quien les garantizaba protección y les autorizaba a dedicarse al comercio y a la usura. ProhibÃa toda clase de violencia contra los judÃos asà como
contra sus bienes, les permitÃa la libertad de culto y la instauración de un gobierno autónomo y justicia propia. De esta feliz época proviene uno de los monumentos arquitectónicos más antiguos de Praga, la Sinagoga Vieja Nueva, del gótico primero (hacia
1280), la más antigua de las siete sinagogas conservadas en Praga. Los privilegios de Premysl Otakar II reglamentaron por largo tiempo la posición de los judÃos en los paÃses checos y fueron reafirmados por monarcas posteriores. Mas una cosa es el Ãmpetu del monarca y otra la realidad. Las violencias y los pogromos, provocados por acusaciones absurdas de asesinatos por motivos rituales o por ser culpables de las epidemias de
peste que asolaban el paÃs, se desplegaban incluso bajo el velo de los privilegios reales. Cuando el rey o los concejales de la colindante Ciudad Vieja se encontraban en apuros y no habÃa posibilidad material de conseguir ayuda financiera, le llegaba el momento a la Ciudad JudÃa y, a cambio de la promesa de libertades y privilegios, donaban copiosas
contribuciones que colmaban las arcas reales o municipales. Sólo otro monarca les fue favorable y facilitó un imponente auge de la Ciudad JudÃa: el singular y extravagante emperador Rodolfo II. En 1577 confirmó los privilegios otorgados a la comunidad judÃa por los monarcas precedentes, afirmando solemnemente que los judÃos nunca
serÃan expulsados de Praga. Bajo Rodolfo lila comunidad judÃa praguense recuperó su autonomÃa perdida. Es el perÃodo del Renacimiento, no sólo desde el punto de vista histórico, sino también desde el punto de vista del florecimiento de la Ciudad JudÃa. Se desarrolla el comercio, la ciencia y el arte. Ese tiempo vio nacer a varones ilustres, como el primado del gueto Mordecai Maisel (1528—1601), consejero de finanzas de
Rodolfo II, o al más destacado representante de la vida espiritual de la comunidad praguense Yehuda ben Bezalel, el rabino Low (1512—16091). Numerosas leyendas y fábulas giran en torno a la figura del sabio rabino que sirvio a numerosos escritores como grato tema. La novela El Golem de Gustav Mayrink, merece ser leÃda, por lo ilustrativa que es al respecto.
La leyenda cuenta que el sabio rabino creó de barro una figura en la que integró una extraña máquina que impulsaba la figura y la hacÃa ejecutar diversas labores, como si de un criado vivo se tratara. Una hojita de papel con el rótulo «shem», introducido por el rabino en la boca de la figura, la animaba, o mejor dicho, la ponÃa en marcha. Golem
asà se llamaba el personaje, significa en hebreo «criado», hacÃa la limpieza y cuando terminaba, bastaba la orden «párate» y Golem se quedaba de pie en un rincón. Pero la hojita con el rótulo en la boca del Golem, tenÃa que ser sustituida cada viernes, por la tarde, después de las oraciones vespertinas. El rabino no debÃa meter la hojita en la
boca del Golem, porque éste tampoco debÃa trabajar al comenzar el sagrado reposo. Una vez cayó enferma la única y adorada hija del rabino. Cuidaba de ella, pero la enfermedad de la hija empeoraba. El rabino estaba desesperado y la preocupación por la vida de su amada hija le hizo olvidar el comienzo de las oraciones de la tarde del viernes. Acudió un criado de la sinagoga y le advirtió que habÃa llegado la hora de iniciar la oración para los fieles congregados. El rabino le rogaba que empezaran sin él, que él se quedarÃa al lado de la hija y orando en su domicilio. Pero el criado insistÃa en que era imposible empezar sin la presencia del rabino. El rabino Low partió, pero preocupado como estaba, olvidó de retirar de la boca del Golem la hojita. Apenas cantó el primer salmo, el Golem se puso furioso y empezó a destruir cuanto caÃa en sus manos. La vieja sirvienta del rabino
llegó corriendo a la sinagoga y anunció al rabino lo que sucedÃa. El rabino interrumpió las oraciones y se apresuró a casa. Se acordó que habÃa olvidado de retirar de la boca del Golem la hojita. En un salto, le arrebató la hojita. El Golem dejó de hacer estragos, pero se
desmoronó en un montoncito de barro. El rabino regresó a la sinagoga y, ya que habÃa interrumpido las oraciones antes del término, empezó a rezar de nuevo frente a los fieles reunidos. Al regresar a casa, preocupado por el estado de su hija, quedó asombrado. La casa estaba hecha un desastre, pero la hija recibió sana y alegremente al feliz padre.
Eso cuenta esta bonita historia sobre la humildad y la fe de los judÃos. Las calamidades de la Guerra de Treinta Años afectaron también el gueto praguense. Al atacar los suecos la ciudad en 1648, los judÃos se pusieron del lado de los vecinos de la Ciudad Vieja y defendieron con éxito la urbe. En recompensa, Fernando III les autorizó a levantar en
la alcaldÃa del gueto una torrecilla con campana y les otorgó el derecho de emplear como señal distintiva el yelmo sueco en el centro de la estrella de David. Por contrario, la llegada al trono de MarÃa Teresa inició un perÃodo trágico para los judÃos. La emperatriz ordenó la expulsión de todos los judÃos no sólo de Praga y de Bohemia, sino de Moravia y Silesia. Durante el perÃodo de la Ilustración bajo José II, en particular su Patente de Tolerancia del año 1781, los judÃos disfrutaron de una mayor libertad y también se les permitÃa desempeñarse en otras actividades, no sólo en la del comercio. Sin embargo, la igualdad de los judÃos con el resto de la población no llegó a reconocerse sólo parcialmente,
hasta el año 1848, y por completo en 1867. La caÃda de los obstáculos en la educación y la participación en la vida polÃtica, social y cultural formó muy pronto personalidades que
alcanzaron fama universal, hecho notorio especialmente en el terreno de la literatura moderna. Nombres como Franz Kafka, Max Brod, Franz Werfel, Pavel Eisner, Gustav Mayrink o otros, son estrellas que brillan con luz propia en el firmamento del arte.
Foto: La calle ParÃzská
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